A ocho escalones de la libertad

En noviembre de 2008 este grancanario, residente en Fuerteventura desde hace 32 años, sufrió un duro revés. Un médico le diagnosticó colesterol y empezó a tratarle con dos pastillas que, mezcladas, le pararon los riñones

Para Jerónimo Gómez, su casa es su propia cárcel. Una discapacidad visual y problemas de movilidad le atan a una silla de ruedas. Vive en un bajo en Puerto del Rosario con ocho escalones que separan su vivienda de la calle, los mismos que le impiden salir solo a la vía y le obstaculizan la libertad.

En España hay 2,5 millones de personas con movilidad reducida. El 74 por ciento de ellas, necesita ayuda para salir de sus viviendas. El 73 por ciento lo obtiene de familiares y amigos y un 4 por ciento, alrededor de 100.000, no tiene esa ayuda y se ve obligado a no salir nunca de sus casas. Estas son algunas de las conclusiones del estudio Movilidad reducida y accesibilidad en el edificio elaborado por la Fundación Mutua de Propietarios en colaboración con la Confederación Española de Personas con Discapacidad Física y Orgánica (COCEMFE).

Jerónimo, de 71 años de edad, pone rostro a este baile de cifras. Su vida trascurre de la cama al sofá y del sofá a la cama. Pasa la vida sentado en un sillón con la compañía de un móvil, una lupa adaptada que usa para leer algo urgente y el sonido de fondo de algún programa de televisión que no ve, pero donde oye voces que le entretienen. A un lado, la silla de ruedas espera a que alguien aparezca y le ayude a bajar la escalera.

Tuvo siempre la suerte de su lado. Viajó por medio mundo. No para de repetir que solo le faltó conocer Asia; fue corredor de coches; piloto oficial de la casa BMW; empresario y diseñador de vehículos a los que “tuneaba” para luego vender y músico del mítico grupo canario Los Sterling durante los años sesenta y principios de los setenta. No solo lo dice él, también los libros.

En noviembre de 2008 este grancanario, residente en Fuerteventura desde hace 32 años, sufrió un duro revés. Un médico le diagnosticó colesterol y empezó a tratarle con dos pastillas que, mezcladas, le pararon los riñones. “Aquello fue una negligencia de un médico del Hospital de Fuerteventura. Yo ni siquiera tenía colesterol y ahora tampoco”, insiste.

Explica cómo la paralización de los riñones le produjo sobrepeso hasta llegar a engordar 58 kilos. “El cuerpo se llenó de líquido y ese líquido me rompió las venas de los ojos y las piernas”, comenta. Como consecuencia, sus piernas se hincharon y perdió toda la visión del ojo izquierdo, por el ojo derecho ve un 8 por ciento, lo que le permite distinguir en la visión solo bultos.

La gordura le pasó factura a la espalda. La columna se dañó y las vértebras empezaron a resentirse. “Cuando camino me rozan dos vértebras. El dolor es tan fuerte que me impide caminar, me dan fatigas y me caigo al suelo”, lamenta. Dos de esas caídas han acabado en roturas de huesos. Ahora, teme que un nuevo tropiezo termine en una fractura de cadera. En la calle solo es capaz de dar unos 15 pasos sin cansarse y por eso sus contadas salidas son siempre en compañía de la silla de ruedas.

Jerónimo vive solo. La enfermedad terminó con su matrimonio. Ahora, recibe tres días en semana la visita de una auxiliar de una de las empresas que el Gobierno de Canarias acredita para el cuidado de personas con dependencia. Ella le limpia el hogar, le prepara la comida que luego reparte en tupperware para toda la semana, le lee los correos electrónicos y las cartas y le acompaña a hacer gestiones. “El día que salgo a la calle es una alegría porque veo gente”, cuenta.

Los fines de semana se convierten en eternos. Algunos domingos recibe la visita de su exmujer y la de uno de sus hijos. Lo acompañan al rastro. Allí puede tomarse un café y palpar lo que supone ser libre. Ese día Jerónimo es un poco más feliz.

Desde hace más de un año busca una vivienda accesible: una casa terrera o con ascensor. “Me vendría bien para mi cabeza ser independiente y valerme por mis propios medios”, asegura. Hasta ahora no ha tenido suerte. “A veces encuentro casas pero luego resulta, por ejemplo, que es un segundo y sin ascensor”.

Al vivir en una casa de alquiler, Jerónimo tampoco se atreve a poner una silla sube escaleras a través de un raíl en la vivienda. No tiene sentido desembolsar todo ese dinero porque sabe que el día que finalice el contrato tendrá que hacer las maletas e irse.

Su economía tampoco le permite mucho margen de maniobras. Tiene una pensión de 657 euros al mes más los 643 que recibe del Gobierno de Canarias como ayuda a la dependencia y que van destinados a su cuidadora. Paga 425 euros de alquiler aparte los gastos de agua y luz. Al final, tiene que pasar el mes con unos 300 euros.

Puerto inaccesible

Cuando logra salir a la calle se topa con otra realidad: la de una ciudad, Puerto del Rosario, a la que aún le queda mucho camino que recorrer en materia de accesibilidad. Jerónimo cuenta la odisea que supone transitar por algunas de las calles de la capital, por aceras destrozadas y estrechas por las que es imposible que pase la silla de ruedas.

Jerónimo asegura que en Puerto del Rosario hay barreras arquitectónicas por todos lados. Echa de menos semáforos con aviso acústico para las personas invidentes y una mayor accesibilidad en edificios oficiales. Pone como ejemplo las dificultades que tiene que pasar cuando va a Unelco a pagar algún recibo. Puertas estrechas por las que no pasa su silla de ruedas o falta de rampas son algunas de ellas. Bromea asegurando que sólo el bazar de los chinos es accesible.

La sonrisa se le va de la cara cuando asegura que a veces está bien, pero la mayoría de las veces se encuentra “más solo que una persona que no tenga discapacidad. A veces, me autoimpongo subirme la moral, pero es duro porque pienso que no sirvo para nada. Ahora solo voy de la cama al sillón. Antes, me daban las dos y las tres de la mañana diseñando coches para mi empresa”, recuerda sentado en el sofá. A su lado siguen el teléfono, el mando del televisor y la lupa.

Fuente: Diario de Fuerteventura

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